Me ofreciste el sonido de la tarde en la playa.
Me trajiste el lenguaje de las aves sin voz.
Me vestiste de diosa, de sirena marina.
Me pintaste en Carnota a la orilla del mar.
Yo no era la diosa, yo no era sirena.
Yo no era esa “ella” que soñaste una vez.
Yo escuchaba el sonido de las olas que besan.
Yo soñaba el dorado del ocaso del sol.
Intestaste domarme, moldearme en poema.
Me sentías etérea, me sentía mortal.
Me vestías de barro, respiraba tus flores.
Tú me amabas poema, yo era una mujer.
Reclamaste el derecho de tenerme a tu lado.
Yo no supe o no quise entregar todo a ti.
Decidí despedirnos para no hacerte daño.
Yo quería unos brazos sosteniéndome a mí.
Yo no era sirena, yo no era poema…
Yo no era la ninfa que el druida soñó…
Yo no era tan fuerte para ser la más fuerte…
Yo sabía que era… cansancio hecho mujer…
Me alejé de tu vida, me borré de tu nombre,
me alejé de los hombres, me oculté de su voz.
Decidí enclaustrarme dentro de una oficina,
me olvidé de la vida… y la vida siguió.
Y de repente un día… la mujer solitaria,
la mujer hecha hierro, la mujer no mujer,
se encontró sorprendida escribiendo un poema,
se olvidó que era hielo… y se sintió mujer.
Y lloró como nunca, y amó contracorriente.
Y se domó ella sola, y se enseñó a amar.
Y escribía caricias que se hicieron poema.
Y un hombre las borraba… y mi nombre olvidó.
No le importa el olvido, no le importa el desprecio…
Ella ama a ese hombre… que no pide su amor.
Ella ama a ese hombre… que nada le pidió.
No le importa el silencio… ya no espera su voz.
C. R. C. (28-07-10)
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