Empecé por releer viejos escritos,
horas huyen, la mañana se hizo tarde.
Tomé luego entre mis manos aquel libro,
invitando a mis palabras a acallarse.
Imposible no escribir lo que ellas dicen,
mi cabeza es un gramófono parlante,
donde bailan, agarradas de la mano,
mil palabras que no quieren silenciarse.
Ahora danzan caprichosas y festivas,
celebrando su victoria de mostrarse.
Desvergüenza de palabras impulsivas,
sin pudor de manchar folios al plasmarse.
¿Quién me manda con vosotras enredarme?
¿Quién me hace sonreír mientras me dictan?
¿Quién demonios es la única culpable?
Yo, mi yo, ella es la gran culpable.
C. R. C. (06-06-10)
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