De nuevo aquí, mi pobre niño loco,
sigues tú siendo el triste y el solitario,
sigo encontrándote helado y aterido,
tiemblas y siento que te mueres de frío.
No pudo ser, lo sabes, lo sabías,
ya desde siempre como un presentimiento,
sabiduría que luego fue aprendida
cuando los pálpitos te fueron consumiendo.
Y te ausentaste, te fuiste, te ocultaste
te recluiste a ciegas y en silencio
y yo inconsciente te hice hablar un día
y ahora es mi culpa el frío que te atere.
Lo presentías, tus pálpitos no engañan,
pavor me daba dejarte ser cobarde
no te creía, razona -te decía-,
fue mi reproche tu falta de coraje.
Te zaherí con saña y con encono,
sin compasión, piedad no te tenía,
y no era error, no era cobardía,
era el dolor en forma de señales.
Solos los dos, no tengo otra manera,
de compensar el daño que te hice
que el darte voz para llorar tu pena,
desde mi voz perdóname el herirte.
C. R. C. (14-05-09)
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)

Otra cosa que me llama la atención, nunca titulas tus poesías.
ResponderEliminarRebicos.