Las palabras huyen como los sentimientos,
se encogen, se ausentan, se esconden,
se sienten doloridas, se vuelven vulnerables,
recubiertas de polvo se van a los desvanes.
Entre viejos cajones se acuestan las palabras,
rodeadas de trastos, silenciosas de olvido,
escuchando el crujido de las vigas desnudas,
sucumbiendo al tejido de la red de la araña.
La palabra cansada de decir lo ya dicho,
de callar lo que callan los silencios ausentes,
se contempla mohosa, como aquellos vestidos,
olvidados colgantes en armarios abiertos.
La palabra temblando, tiritando de frío,
se ha dormido desnuda, se ha quedado callada,
una luz mortecina va bañando su cuerpo,
son las fotos en sepia que antes fueron palabra.
En el fondo del cuarto del desván de los trastos,
en el suelo sin huellas, recubierto de polvo,
en el aire viciado de ventanas cerradas,
se encerró la palabra donde no puedan verla.
Ya no encuentra las formas de los campos floridos,
ya no halla el color de las brumas rosadas,
ya no sabe decir la belleza del cisne,
ya no habla su voz en susurros latientes.
Tú te callas, se callan, quedará sólo polvo,
descendiendo, cubriendo, ocultando, tapando,
ese gris manto leve que recubre lo viejo,
ese tono amarillo pretérito imperfecto.
Mas callada, vencida, dolorida, dormida,
escondida, cansada, retirada, cobarde,
donde quiera que estés, ocultada, rendida,
vibrarás en el aire como arpa incesante.
Vibrarás sin querer, sin poder evitarlo,
a pesar del olor a trastero cerrado,
a pesar de ti misma, no podrás silenciarte,
la palabra no calla aunque quiera acallarse.
C. R. C. (02-01-10)
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